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Curiosidades

Reality shows, un gusto culposo

Los reality shows son programas de televisión que supuestamente recrean situaciones de la vida real en los que un grupo de personas conviven o compiten entre sí para lograr algún objetivo. Son uno de los géneros más populares en la televisión actualmente. Básicamente recrean o entretienen, pocos inspiran, muchos fomentar estereotipos y expectativas poco realistas. Son un gusto culposo.
Por Julieta Pinzón Abril 2024
Son muy exitosos debido a su naturaleza entretenida e intrigante. brindan la oportunidad de ver a personas reales, sus emociones y comportamientos. Fomentan la empatía con los participantes y también alientan a atacar a otros o hacer daño. Pueden enseñar habilidades valiosas en una variedad de áreas, como la cocina, la moda o la música o ser una forma efectiva de plantear temas importantes, como el acoso escolar, el sexismo y la diversidad. También son influencia negative, al presentar situaciones poco realistas o deshonestas, crean expectativas poco realistas en la audiencia. Fomentan estereotipos y prejuicios, que puede llevar a comportamientos negativos y discriminatorios hacia aquellos que son diferentes. Fascinan a muchos y cautivan por lo que sucede en un escenario en apariencia espontáneo... y en realidad guionizado o muy restringido. Sus espectadores se cuentan por millones.
Generalmente catalogados como “televisión basura”, especialmente cuando muestran y se recrean, de la manera más cruda, en lo peor de los seres humanos. Sin embargo, esto no hace mella en la audiencia. Muchas personas se sienten completamente atrapadas por estos programas y disfrutan de ellos con una especie de “placer culpable”.
Aparecieron simultáneamente con la preeminencia de la realidad virtual y el enfoque pleno en la llamada “postverdad”. Su negocio es “retransmitir la vida en directo” o, al menos, eso es lo que quieren hacer creer. Para lograrlo necesitan, por un lado, personas que no tengan problema en exponer su vida privada. Así mismo, delante de la pantalla, se necesitan espectadores que tengan interés en conocer los pormenores de esos asuntos privados.
Los encargados seleccionar a sus participantes, aseguran que estas personas tienen un propósito en común: desean darle un giro radical a sus vidas, que es su oportunidad de oro. Aunque, aparentemente, cualquier persona puede participar en un reality, la verdad es que no es así. Cuando se hace la selección de quienes participarán se toman en cuenta determinados rasgos. Lo más importante es que el participante tenga alguna característica, física, psicológica o cultural, que esté sobredimensionada. Este tipo de programas no necesita gente “común y corriente”
Sus espectadores son de dos tipos. Ambos tienen en común una característica: son voyeurs . Es decir que les gusta mirar sin ser vistos, especialmente los aspectos íntimos de la vida de demás. Sin embargo, este vouyerismo no está motivado de igual manera en todos y por eso hay dos grupos. El primer grupo es el de los fisgones puros y duros. Desean ver a los otros expuestos en su mayor crudeza, ya que esto les proporciona un cierto sentimiento de poder. Por eso se sientan frente al televisor y se comportan como jueces del comportamiento humano. Están ahí para decirle al aparato cómo se deben comportar unos y otros. El segundo grupo es el que quiere contrastarse con los participantes del reality. Busca identificarse con algunos de ellos y se compromete profundamente con sus derrotas y sus logros. Quieren hacer realidad sus propias fantasías en cuerpo ajeno. Lo que opera ahí es un mecanismo de proyección
Los espectadores llegan a compenetrarse tanto con este tipo de programas, que terminan creando lazos con ellos que se asemejan mucho a una adicción. Provocan fuertes descargas de endorfinas y generan una dependencia que puede catalogarse como química. Crean la fantasía a los televidentes que también son parte de la trama. La audiencia muchas veces puede votar para sacar o salvar a un concursante y con ello se crea una ilusión de control. 
Solo aportan un rato de entretenimiento o evasión. Están “libreteados” o, cuando menos, editados. Carecen de la espontaneidad que en teoría presumen: falsean lo que acontece para despertar morbo apelando a las motivaciones más básicas de la audiencia. En definitiva, no son una buena alternativa para pasar tiempo libre de calidad.
Los espectadores disfrutan el drama y se identifican con la toma de decisiones difíciles. Llevan a reflexionar sobre qué hacer en una situación similar, lo que es un buen ejercicio de exploración de valores. Queremos saber quién le dijo qué a quién, qué persona traicionó a otra o quién comprometió sus alianzas o tomó una decisión turbia que influyó en otras personas. Se trata de lo mejor y lo peor del comportamiento humano; es una clase de psicología observacional sin conferencias ni exámenes.
Estos temas de buenos y malos comportamientos, traición, competencia y conexión nos son familiares; tomamos decisiones similares todos los días, sin cámaras, escenarios artificiales y publicidad. Atraen porque, en un nivel muy básico, amamos el drama humano y nos identificamos con la toma de decisiones difíciles. Ya sea una competencia por amor, dinero, fama o notoriedad, disfrutamos viendo la lucha. Cuando apoyamos a nuestro participante favorito, estamos identificando algo convincente dentro de ellos, y esto puede decir mucho sobre nosotros si elegimos explorarlo.